Vecino viajero

Don Ramón era un vecino de años en el barrio, conocido por su rutina tranquila y su mirada atenta a todo lo que pasaba en la cuadra. Aquella mañana, mientras terminaba su desayuno de pan con manteca y café, escuchó unos ruidos insistentes que venían de la casa de enfrente. Primero creyó que se trataba de alguna reparación común, pero los golpes de martillo se repetían con ritmo y se mezclaban con voces animadas.

Intrigado, se levantó de la mesa, se acomodó la boina y salió a la vereda. La calle estaba en calma: algún perro echado junto al cordón, una bicicleta que pasó rápido, y el murmullo de una radio que llegaba desde la ventana del almacén de la esquina. Todo parecía normal, salvo por el movimiento frente a la casa de su vecino.

Don Ramón cruzó despacio, con las manos en la espalda, como quien inspecciona una obra. Desde la reja pudo ver a su vecino rodeado de chapas, maderas y herramientas. El hombre trabajaba con entusiasmo, midiendo con la cinta, ajustando tornillos y acomodando piezas como si estuviera en medio de una construcción importante. Cada tanto soltaba una risa breve, orgulloso de lo que estaba armando.

La curiosidad pudo más. Don Ramón se arrimó hasta la entrada y, con tono serio, lanzó la pregunta:

—¿Qué andás haciendo?

—Una nave para ir al sol.

Don Ramón abrió los ojos grandes, incrédulo, y respondió casi con un grito:

—¿Al sol? ¡Pero estás loco! Te vas a achicharrar.

Nooo, salgo a la tardecita.


 

LA YA PA

 

carteles colectivo


 

MÁS RELATOS

Botón volver arriba
Usamos cookies para mejorar tu experiencia.Al seguir navegando, aceptás su uso.    Más información
Privacidad