Futbolista afortunado

El futbolista estaba chocho de la vida. Después de años de entrenar en canchas embarradas, viajar en micro y cobrar con atraso, por fin había llegado el gran día: acababa de firmar su primer contrato con el exterior. 

Traje prestado, sonrisa nerviosa y la lapicera todavía temblándole en la mano. Para él era como tocar el cielo con las manos.

Mientras guardaba la lapicera en el bolsillo interno del saco, miró al presidente del club, un veterano dirigente de esos que ya vieron pasar generaciones enteras de jugadores, y con total inocencia le preguntó:

—¿Dónde queda el club al que me transfirieron?

El presidente se quedó serio. Miró al representante del jugador, esperando que lo salvara con algún dato, pero el tipo bajó la vista y empezó a acomodarse la corbata, como si no hubiera escuchado nada.

Pasaron unos segundos largos, de esos que se sienten eternos. Entonces el presidente tomó al jugador de los hombros, lo miró a los ojos, sonrió de oreja a oreja y le dijo:

Mire, la verdad no sé… pero su contrato es inmejorable: tiene sueldo, casa y trineo.


LA YA PA

 

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