La jubilada del cheque millonario

En la ciudad, donde los colectivos se cruzan con los taxis y las veredas parecen un desfile de apurados, vivía Doña Elvira. Era una jubilada particular: no cobraba la mínima, al contrario, estaba bien económicamente gracias a los años de trabajo en el negocio familiar. Eso le permitía caminar con tranquilidad, darse algunos gustos y, sobre todo, mantener ese humor chispeante que la hacía querida en el barrio.
Aquella mañana salió temprano, con su tapado elegante y la cartera grande que siempre llevaba. Saludó al portero, que le dijo en broma que parecía “una actriz de cine antiguo”, esquivó al vendedor de flores que insistía en que “un ramito trae suerte”.
Elvira caminó por la avenida principal, esquivando bicicletas y escuchando el murmullo de los negocios que abrían sus persianas. Al llegar al banco, se acomodó el peinado y entró con paso seguro. El guardia la saludó con respeto, porque ya la conocía de otras visitas. Se acomodó en la fila, observando cómo algunos clientes discutían por quién estaba primero y cómo otros renegaban con la máquina de turnos. Ella, tranquila, sacó un caramelo de menta y lo ofreció a la señora de adelante, que aceptó agradecida.
Mientras esperaba para cobrar un cheque, escuchó a un hombre que se quejaba porque el cajero automático le había dado billetes de baja denominación. Otro cliente, fastidiado, decía que siempre le tocaba el cajero más lento. Elvira sonrió: sabía que su trámite iba a ser distinto.
Cuando llegó su turno, se acercó al cajero. El joven recibió el cheque, lo miró con atención y tipeó en la computadora. Revisó los números, volvió a mirar el papel y se quedó un instante en silencio. La suma era tan grande que el muchacho, siguiendo el procedimiento, levantó la vista y preguntó con cuidado:
—¿Cómo quiere la plata?
—Con toda mi alma.





