Perrito Manso

Era una mañana de esas en las que el otoño parece pedir permiso para entrar. El pueblo despertaba con una calma espesa, casi pegajosa. En la parada del colectivo 202, frente al legendario almacén de Don Tito, el ecosistema era el de siempre: dos jubiladas discutiendo el precio del zapallito, un pibe haciendo equilibrio en una bicicleta desinflada y una señora que hacía venta ambulante.
Tenía una mesita plegable que desafiaba las leyes de la física, cargada con peines de plástico, llaveros que perdían el brillo con solo mirarlos, caramelos «Media Hora» y estampitas de San Cayetano para los que buscaban laburo o un milagro. La señora, con su rodete inamovible y un pulóver bordó tejido en la época de la colonia, acomodaba su mercadería con una paciencia zen.
A sus pies, estirado como una alfombra peluda, descansaba un perro de color indefinido —entre gris asfalto y marrón tierra—. El animal era la imagen viva de la mansedumbre. No movía un pelo, ni siquiera para espantar a una mosca que le orbitaba la nariz. Parecía una estatua de yeso dedicada a la pereza.
En eso apareció «El Cacho», un tipo de unos cuarenta años que caminaba como si fuera el dueño de la vereda, con la camisa abierta mostrando una cadena de plata y una confianza que no le cabía en el pecho. Cacho vio las ofertas, al notar la presencia del can, sintió ese impulso irresistible de conectar con la naturaleza.
Pero antes, por precavido, preguntó:
—Perdón… ¿Muerde su perro?
La señora, sin levantar la vista ni dejar de acomodar sus caramelos, respondió:
—No.
Cacho estiró la mano confiado. El perro, sin previo aviso, le pegó un mordiscón que lo hizo saltar y soltar un grito.
—¡Pero señora! ¡Me dijo que su perro no mordía!
—Ese no es mi perro.





