El Desocupado Millonario

A los 55 años, Don Miguel estaba en esa edad complicada en la que ya era grande para algunos trabajos y todavía joven para jubilarse. Mandaba currículums, preguntaba, insistía, pero siempre encontraba la misma respuesta, dicha con más o menos vueltas.

Una tarde, un vecino le dio una esperanza:
—Escuché que hay un puesto de ordenanza en la ANSES. Vaya por ahí tenga suerte.

Don Miguel no lo dudó. Se puso la mejor camisa que tenía y fue directo a averiguar. En la entrevista lo atendió un empleado de Recursos Humanos, correcto y amable.Le explicó que necesitaban a alguien para ordenar la fila, repartir formularios, llevar expedientes y anotar nombres en una planilla.

Cuando ya parecía que todo estaba encaminado, le alcanzaron una planilla.
—Complete sus datos, por favor.

Don Miguel la miró un rato largo y bajó la vista.
—Mire… yo no sé leer ni escribir.

El empleado suspiró. Le explicó, con cierta pena, que muchas de las tareas requerían saber leer y escribir y entonces no podían tomarlo. Antes de que se fuera, conmovido por la situación, sacó un billete de diez mil pesos y se lo ofreció. Don Miguel dudó, pero terminó aceptando.

Camino a casa pasó por una verdulería pequeña. Vio que las manzanas estaban a cien pesos. Pensó en comprar, pero decidió seguir caminando, para conservar su dinero. Unas cuadras más adelante, ya en un barrio más acomodado, vio otra verdulería muy bien puesta donde las mismas manzanas costaban quinientos.

Entonces se le ocurrió una idea. Le ofreció al dueño de la verdulería venderle manzanas a doscientos pesos. El verdulero le dijo que le traiga toda las que pueda.

Don Miguel volvió a la verdulería pequeña y compró todas las manzanas que pudo a cien pesos. Luego se las vendí a la otra verdulería a doscientos. Al verdulero le pareció un negocio redondo, y le dijo que cuando tuviera más manzanas u otras frutas también se las haga llegar.

Don Miguel emocionado por su operación de compra y venta, repitió la operación una y otra vez, y lo extendió luego a otras verdulerías. 

Con el tiempo, el negocio creció mucho, y en un año Don Miguel tenía una pequeña fortuna.

Fue entonces cuando decidió depositar una parte de su dinero en el banco. El gerente que lo atendió, sorprendido por la cifra, charló un rato con Don Miguel. En la conversación, Don Miguel comentó que gracias a las manzanas de cien pesos había encontrado un próspero negocio.

El gerente del banco, escuchaba el relato de Don Miguel y se conmovió ante la habilidad del hombre para hacer negocios.

Cuando llegó el momento de firmar los papeles, el gerente le alcanzó una planilla.

Don Miguel la miró y dijo:
—Mire… yo no sé leer ni escribir.

El gerente se quedó helado. Con un tono emocionado le dijo:
—Es increíble Don Miguel. Usted sin saber leer ni escribir amasó una verdadera fortuna. ¿Usted tiene una idea donde hubiera llegado, y dónde estaría ahora si además supiera leer y escribir?

Si. De ordenanza en la ANSES.


 

LA YA PA

 

doblepers


 

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